DOMINGO V CUARESMA 17

Queridos hermanos:

En este quinto domingo, la palabra de Dios nos invita a descubrirlo como la vida. En nuestro bautismo hemos recibido vida a la que Dios nos llama en Jesucristo.
El profeta Ezequiel nos presenta hoy la cuestión que Dios siempre plantea al hombre: Hijo del hombre, ¿podrán vivir estos huesos? (37,3). Es la constatación del pueblo desalentado por la pérdida de la libertad, por el exilio, la experiencia de la pérdida de Dios: Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido toda esperanza…

Puede continuar la vida para lo que no es más que un montón de “despojos humanos”? 
Ante esa situación Yahvé manifiesta su promesa de futuro. Una nueva creación: os infundiré mi espíritu y viviréis, que hace referencia al pueblo y a cada persona: salir de vuestras tumbas. Es el Señor quien lo dice y lo hace. 
La segunda lectura nos invita a tomar conciencia, de nuestra carne, de nuestra debilidadpara evitar Vivir según la carne, para que nuestro espíritu humano se deje renovar por el Espíritu de Jesus. Este Espíritu, según dice san Pablo es el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos. 
La Palabra de Dios hoy nos invita a saber elegir en la dialéctica vida-muerte. Nuestra resurrección personal está íntimamente unida a la resurrección de Cristo. Y esa transformación de nuestro ser que un día llegar a su plenitud se prepara ya desde ahora en una vida nueva, fruto y don del Espíritu. 
El evangelio nos refiere la resurrección de Lázaro. Un acontecimiento que mete en juego a tantas personas: los discípulos Marta, Mara, los amigos Todos ellos orientados a manifestar la gloria de Dios y dar a conocer, a su vez, la gloria del Hijo de Dios. La resurrección de Lázaro es señal de la presencia salvífica de Dios que se manifiesta en la actuación del Hijo enviado. Este signo será realizado para fortalecer la fe de los discípulos de entonces y de ahora. 
El encuentro con Marta es el centro del relato. Jesús se revela como la resurrección y la vida. Jesús, enviado por Dios para revelar su gloria, es la vida definitiva que el Padre ofrece a todo el que reconoce al Hijo como Revelador y cree en él. El sentido último de la misión de Jesús es comunicar el don de Dios que es la resurrección y la vida para siempre. 
La promesa es que: el que cree, aunque muera, vivir y el que viva y tenga fe en m�, no morir� para siempre. La promesa de la vida eterna se vincula a la fe. Creer en Jesús, enviado de Dios para manifestar su gloria, dispone al hombre para alcanzar la vida eterna. Por eso, también para nosotros hoy, la misma pregunta: Crees esto?. Qué bueno, para nosotros, si desde la verdad somos capaces de responder también ante Jesús: Yo creo que tú eres el Mesías. 
Mas nuestra fe en Jesús, nuestro pasar por el agua, nuestra posibilidad de ver desde las acciones de Jesús en nuestro modo de mirar la vida, nos sigue diciendo “ven y sígueme: Lázaro, sal afuera! No te escondas en el sepulcro que has ido fabricando poco a poco, con tus comodidades y modo de vivir. Esos miedos que nos encierran ms que bajo una losa. El Señor nos visita, como a Lázaro, para abrir nuestro sepulcro y devolvernos a la vida, o sea, a la misión de sanar heridas y consolar tristezas. 
Jesús, el amigo de todo Lázaro, pasa a nuestro lado, visita nuestra casa y nos invita a salir, a ver, a servir. Somos llamados a anunciar al Señor de la Vida, a dar la Buena Noticia al mundo: es posible vivir la amistad con Dios. Existe la posibilidad real de una amistad entre todos los hombres.

Que de una forma callada, pero eficaz, seamos capaces de ser, con ÉL, amigos y abrir sepulcros en su Nombre.