Queridos Hermanos:
En este día en que nos unimos de manera especial a la Campaña contra el hambre en el mundo, escuchamos la Palabra de Dios que nos recuerda que sobre todo en nuestra debilidad Dios se manifiesta como el salvador. Nos pide que tomemos conciencia y elijamos vivir la bienaventuranza, por nosotros y por nuestra sociedad.
En la primera lectura el signo siempre rico del desierto, que es ámbito de muerte, de sequedal hace referencia al ser humano. En su modo de vivir, puede elegir vivir según o al margen de Dios. El tema de la libertad sigue estando presente como punto de partida de nuestro encuentro con Dios. En la organización de nuestra vida esto tiene unas consecuencias morales innegables, y por tanto repercusión en nuestra vida y en la de los demás hombres y mujeres.
El evangelio nos presenta, al estilo de la comunidad de Lucas, desde esta perspectiva de libertad, las bienaventuranzas. En la llanura todos pueden acercarse a Jesús para escuchar su palabra; no en la sinagoga, en un lugar sagrado, sino al aire libre, donde se vive, donde se trabaja, donde se sufre.
Jesús nos pone a todos ante la realidad más sangrante que hay en el mundo: la pobreza que domina a los hombres. Y no podemos olvidar que el Evangelio siempre habla de la pobreza del ser humano (no sólo la económica). Nosotros ¿tenemos voluntad de verdad? ¿Tomaremos alguna vez en serio a esa inmensa mayoría de los que viven desnutridos y sin dignidad, los que no tienen voz ni poder, los que no cuentan para nuestra marcha hacia el bienestar? Jesús piensa y vive desde el mundo de los pobres y piensa y vive desde ese mundo para liberarlos. Es en el mundo de los pobres, de los que lloran, de los perseguidos por la justicia, donde Dios se revela. El Reino que Jesús anuncia es así de escandaloso. No dice que tenemos que ser pobres y debemos vivir su miseria eternamente. Quiere decir, sencillamente, que a la hora de elegir, los criterios de Dios son los de elegir por el pobre, y eso es el origen del Reino, de la felicidad.
El mundo de las bienaventuranzas nos impulsa a confiar en un Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos y, por eso mismo, a cada uno de nosotros nos resucita y resucitará. Pero a ese Dios ya sabemos dónde debemos buscarlo: no en la ignominia del poder de este mundo, sino en el mundo de los pobres, de los que lloran, de los afligidos y de los que son perseguidos a causa de la justicia: ahí es donde está el Dios de vida, el Dios de la resurrección. Y esto es así, porque Dios ha hecho su opción, y un Dios con corazón solamente puede aparecer donde está la vida y el amor.
En el Evangelio se encuentran las señales de Vida. El problema lo tenemos en que a nosotros nos pueden los criterios de la utilidad, efectividad… La dinámica del Evangelio siempre es respetuosa, no violenta… es una dinámica de amor y, en consecuencia, de libertad.
Pablo nos recuerda que la última razón para nuestro actuar es la resurrección de Jesucristo. Esta no es una promesa vacía, unas palabras para consolar y animar a quienes sufren por cualquier motivo. De ahí que hoy podemos reflexionar: ¿He decidido vivir con Dios toda mi vida? ¿Hay algún aspecto o dimensión de mi vida que vivo o pretendo vivir "como si Dios no existiera”? Ante las "sequías y desiertos” de la vida, ¿la fe en Dios me hace mantenerme firme, me ayuda a afrontarlos?
Somos libres para decidir vivir nuestra vida con Dios o sin Dios, pero hemos de ser conscientes de las repercusiones que tendrá la decisión que tomemos, para nosotros y para el resto de la sociedad. Son muchos los que sufren sin esperanza porque viven sin Dios. El Señor cuenta con nosotros para anunciarle, para mostrar cómo es la vida con Dios, y desde nuestra fe en el Resucitado.
Que nuestro pensar y vivir según Dios nos ayude a tomar en serio a los pobres, para, desde ellos, influir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; para ser capaces de transmitir con alegría de la bienaventuranza en nuestra vida y en nuestros ambientes, también en este momento de la historia.