Queridos hermanos:
Los domingos anteriores hemos celebrado qué significa la Palabra: El misterio revelado y proclamado por Jesús. Misterio que no deja indiferente a nadie, hay que tomar partido. Y, más aún, Jesús llama a los discípulos a que se comprometan en este servicio. El Sínodo de los Obispos sobre la "Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia” nos recuerda que la Palabra de Dios es el acontecimiento fundante de nuestra experiencia de fe y de Dios. Cuando somos capaces de leer nuestra vida desde la Palabra de Dios podemos descubrir cómo brota en nosotros la experiencia de Dios.
Estamos viviendo momentos difíciles y de gran escasez de vocaciones en todos los ámbitos de la Iglesia. Hoy la Palabra de Dios nos pone ante la situación en que Jesús, después de que ha entrado de forma plena en la historia humana, emprende, de forma autorizada y eficaz, el uso de la Palabra. Su Palabra nos ayuda a recordar aquella palabra creadora de Dios que fue dando origen a todo lo que existe, y que ahora, en la vida de Jesús va a experimentar la nueva creación.
En el centro de las lecturas de este domingo aparece como mensaje fundamental la fuerza de la Palabra de Dios para cambiar la vida de aquellos que la escuchan, la acogen y la siguen. Esto es bien manifiesto en el evangelio y en la primera lectura profética; y lo es también en la segunda lectura donde Pablo recuerda a la comunidad que ella misma ha surgido de acoger la Palabra que les anunció: que Cristo murió por nosotros y ha resucitado para darnos a todos la vida. Isaías es llamado para ser enviado y hablar al pueblo en nombre de Dios. Desde la experiencia profunda de quién es Dios él mismo se siente miembro de un pueblo infiel, y descubre en la Palabra la fuerza purificadora, curativa que lo capacita para hablar a los hombres de Dios. Y, además, se nos manifiesta que esta experiencia no vale solo para Isaías, sino que podrá vivirla todo el pueblo. Quien es llamado a ser profeta siente que le arde el alma y el corazón. ¡Da miedo, claro! Pero la misma Palabra transforma el miedo en valentía y audacia.
El evangelio nos relata la vocación de Pedro. También él ve inconvenientes en su misión. La propia experiencia, el propio estilo de vida… Jesús está siempre a la orilla de la vida de los seres humanos. Y la gente seguimos teniendo necesidad de acudir a ese Jesús salvador. Todos buscamos la felicidad, la realización plena de nuestra persona. La muchedumbre acude para escuchar la "palabra de Dios”. Pero esa palabra de Dios, se va a convertir en una fuerza transformadora que haga que Simón y los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, tengan que dejar de ser pescadores, que estaban asociados (koinoi) en el lago, para seguir a Jesús como "pescadores de hombres”. Pedro se confiesa pecador, indigno, como los profetas. Pero eso no importa… lo importante es seguir a Jesús.
En todas las lecturas, vemos cómo se impone la Palabra de Dios, Dios mismo, Jesucristo resucitado, en la vida de todos aquellos que deben colaborar en el proyecto salvífico sobre este mundo y transforma la existencia de cada uno. La Palabra de Dios tiene una eficacia que motiva la respuesta de Isaías, de Pedro y los apóstoles y de Pablo. No eran santos, sino pecadores y alejados de la "santidad divina”. La Palabra, Jesucristo, su evangelio, se impone en nuestra vida, pero no nos agrede: nos interpela, nos envuelve misteriosamente, nos renueva, cambia los horizontes de nuestra existencia y nos lleva a colaborar en la misión profética del evangelio, que es la misión fundamental de la Iglesia en el mundo. Cuando aprendemos a fiarnos de Jesús y de su evangelio; cuando queremos salir de nuestros límites, la Palabra de Dios es más eficaz que nuestras propias razones para no echar las redes en el agua, en la vida, en la familia, entre los amigos, en el trabajo... y seremos profetas, y seremos pescadores.
En este momento de tanta escasez de vocaciones en la vida de la Iglesia ¿no será que nos faltan los signos liberadores que den autoridad y eficacia a nuestras acciones y a nuestras palabras?. De verdad ¿son nuestras palabras y nuestra vida anunciadoras de salvación, de buena noticia del Reino o más bien nos dedicamos a acusar, a sancionar, a condenar?. Estamos tan convencidos de que nuestras artes de pesca son las únicas… que ni la Palabra de Dios encuentra puesto en nuestra vida… Tal vez hoy, como Pedro, cada uno de nosotros tengamos que "llamarle Señor”…