14 Marzo, 2010

Cuaresma Cuarto Domingo 


Queridos hermanos:
Jesús proclama una forma nueva de relaciones de los hombres entre sí y con Dios por ser hijos por adopción en gratuidad y misericordia. Un reino de Verdad donde la paz y la justicia se besan, y la misericordia actúa de árbitro.
El ser humano no tiene disyuntiva: Construye con los demás, o destruye a los demás. El padre es ejemplo de acogida y misericordia con sus hijos, cada uno con sus cualidades y travesuras. Nosotros somos invitados al perdón y a la reconciliación, para que la Pascua signifique auténtica transformación de la vida. Nos cuesta dejarnos amar y amar al hermano menor que regresa a la casa común, y sin embargo, es este el estilo de relaciones que Jesús ofrece y exige.
La primera lectura nos invita a vivir desde lo ordinario de la vida. Pasar de "vivir de lo extraordinario”, en el desierto, a vivir desde lo ordinario la fe en Dios, en la experiencia de cada día: de la lucha, del trabajo, del éxito y del fracaso, de la relación con los demás hombres y mujeres, de la diversión... La confianza en Dios no puede alimentarse de cosas que estén fuera de lo normal, sino en todos los momentos de nuestra vida.
El misterio de la reconciliación se expresa maravillosamente en el evangelio. Esta es una preciosa historia de amor de padre frente a egoísmos y rencores de hijos. Jesús, ante las acusaciones de los que le reprochan que le da oportunidades a los publicanos y pecadores, cosa que no entra en los cálculos de las tradiciones más exigentes del judaísmo, contesta con esta parábola para dejar bien claro que eso es lo que quiere Dios y eso es lo que hace Dios por medio de él. Nos ayuda a comprender a Dios, que no se siente agusto cuando tiene que vivir con sus hijos fuera de casa. Es la parábola del Padre, de Dios, que, viviendo la libertad de sus hijos, nunca los abandona, nunca los olvida. Nos revela que no podemos vivir la filiación sin vivir la fraternidad. La auténtica conversión nos hace salir de nosotros mismos para ver todas las cosas desde Dios. Los dos hijos habían comenzado a ver las cosas desde cada uno. Incluso el pequeño, que vuelve, sigue organizando las cosas desde él. Más allá de abanar el pecado, necesitamos vivir como auténticos hijos descubriendo lo que es el amor. Jesús resalta una imagen del padre que es la que nos debe quedar a nosotros hoy grabada, y que no es la de un padre triste, hundido y resignado. Dios es quien origina la vida. Nunca obra por reacción. Su identidad siempre se refleja en su acción. Y eso es lo que pide a cada hijo: que la identidad se vea reflejada en lo que cada uno hace, y que no sea lo externo lo que provoca nuestro actuar. Así es Dios tal como se nos revela en Jesús: como un Padre que respeta, espera, aguarda y perdona. Porque para Él, lo más importante es que «este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado». Y es lo que pide al hijo para que viva su fraternidad: "deberías alegrarte porque este hermano tuyo...”
La Cuaresma es el tiempo de gracia que Dios nos ofrece para que, como el hijo menor, recapacitemos y decidamos: «me pondré en camino adonde está mi padre». Y, como al hijo mayor, nos invita a no contentarnos con cumplir las normas, sino con aprender a amar como el buen padre.
Jesús no dirige la parábola a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios, y sobre todo su relación con Él.
Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, no podemos dedicarnos a clasificar a las personas entre creyentes o increyentes, practicantes o alejados... Dios nos sigue esperando a todos, desde la situación en que nos encontremos. Es Padre de todos. ¿Somos testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?



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